Exposición

Constelaciones

Mª Antonia Sánchez Escalona

19.05.2022 - 15.09.2022

c/ Tantín, 25. Santander


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Noticias

Proyecto Museológico y Museográfico

Documento de trabajo del MAS que desde mediados de los noventa del siglo XX se desarrolla y actualiza de acuerdo a los nuevos contextos.

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Noticias

El MAS restaura toda su colección de estampas de Goya

Las 97 estampas propiedad del MAS, pertenecientes a 4 series diferentes, han sido restauradas en los últimos meses.

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Fernando Zamanillo

FERNANDO ZAMANILLO

(Santander, 1948)

 

Historiador del arte, crítico y escritor. Fue director del Museo de Bellas Artes de Santander. Comisario de exposiones y cofundador de la galería Siboney, entre sus obras destacan, por ejemplo, la Guía del Museo Diocesano de Santillana del Mar o el Catálogo del Museo de Bellas Artes de Santander. Es autor de numerosos catálogos y artículos de crítica de arte en prensa especializada.

 

Beirut 1991

            Hay ciudades mártires, destruidas de forma terrible por la mano del hombre a lo largo de la historia, arrasadas en las guerras con crueldad y saña sin límites, objetos de venganza y de profundo e insondable odio. Algunas nunca se recuperaron físicamente: se me vienen a la memoria Cartago y Numancia, en la Antigüedad, o la homérica Troya del prudente Laocoonte. Otras han resurgido innumerables veces de sus propias cenizas, por el denodado y heroico esfuerzo de sus habitantes. Pienso en el Moscú de Napoleón o en el Ypres de la Primera Guerra, que inaugurara un siglo XX de las grandes heridas que nunca cicatrizan. Pienso en la Guernica incendiada, en el Belchite arrasado y testimonialmente nunca reconstruido, y en el Teruel asediado. Pienso en la larga lista de ciudades mártires de la Segunda Guerra, la más devastadora, la guerra de las guerras o la suma de todas las destrucciones, desde ella, por desgracia, ya todas imaginables: el sinsentido de Rótterdam,  la Dortmund devorada por las bombas; Varsovia, como nueva Cartago, sacrificada hasta la última piedra; Stalingrado acorralada y desolada también; Dresde incendiada sin piedad; Londres bombardeada; Königsberg, la ciudad de Kant, desmontada por los soviéticos metro a metro y vuelta a bautizar Kaliningrado; la ciudad de Berlín aplastada… Pienso en Lidice, en la antigua Checoslovaquia, vergüenza perenne de la humanidad. Pienso con el corazón encogido en Hirosima y Nagasaki, mi lengua paralizada, mi pensamiento anonadado. Pienso también, como no, en otras guerras y otras ciudades, guerras hijas menores de las grandes del siglo de todas las guerras, pero no por ello menos cruentas. Pienso en ciudades como My Lay en Vietnam, víctima del despiadado Gran Imperio, en Sarajevo y Mostar, de la antigua Yugoslavia, al final del siglo, o en esa suerte moderna y malhadada de ciudades de refugiados, los campamentos heroicos de Sabra y Shatila, en el Líbano, masacrados en 1982 por la sonrisa impúdica del grueso judío. Pienso, en fin, en la ciudad sitiada de Faluya, del actual Irak, y en las poblaciones de la Franja de Gaza, impotentes ante el eterno agresor. Y pienso, como no, en esta ciudad que tenemos aquí delante, Beirut, durante largos e interminables años castigada por sus propios habitantes en sangrienta guerra civil religiosa y por las alargadas y afiladas manos de los vecinos vigilantes y siempre dispuestos a la agresión.

 

            El tema de estas fotos de Gabriele Basilico me sugiere estos recordatorios, unos tristes pensamientos y esta abreviada y penosa lista de ciudades sacrificadas. De todas las de nuestro tiempo hay innumerables fotografías e incontables kilómetros de película cinematográfica y de vídeo, testimonios gráficos todos de la violencia humana, cual interminable y obsesivo rosario de dolor, que se repite groseramente sin fin, y que de tanto ser así casi no hace mella en nuestros insensibilizados corazones, machacados por tanta repetición, acostumbrados ya a las ruinas, a las heridas urbanas, a las cicatrices de las balas. Pero hasta ahora estas imágenes de horror han habitado normalmente en las páginas de los periódicos y revistas, en las pantallas de los cinematógrafos y televisores, todos ellos sus lugares habituales. Y hete aquí, sin embargo, que por mor del arte, por mor del ojo de un fotógrafo arquitecto, artista, en fin, que no reportero de guerra, estoy hablándoles así en un museo. ¿Cómo un fotógrafo, de formación técnica en arquitectura, especializado en  fotografía de arquitectura industrial, en reseñar gráficamente ciudades industriales en su paso al estadio postindustrial, esto es, en su degradación y abandono actuales, arqueólogo de la postmodernidad, llevó su cámara al Beirut de la guerra, dejando este su resultado en un museo? La respuesta es sencilla: ya desde el siglo XIX, primero con Goya y después con Delacroix, y en nuestro siglo XX, con Picasso, sobre todo, el horror de la guerra se hizo un hueco muy importante en el arte. El servicio de Basilico y su virtud ha sido llevar la representación real, pero fría y distanciada, de la violencia humana en las ruinas de Beirut no sólo al catálogo universal de la arqueología industrial urbana, sino también al catálogo universal del desatino y del esperpento, congelando unas imágenes que nada tienen que ver con la brillante historia anterior de una ciudad de lujo y placer, de prosperidad económica y convivencia pacífica, y que mucho menos tienen que ver con la acción inmediata de la guerra, cual haría el reportero gráfico, que, arriesgando su vida en muchas ocasiones, deja sus propias heridas en las imágenes manchadas. Al final, estas fotografías de exacta corrección y presencia pulcra, propias de un artista que se distancia tan científicamente del tema elegido, se convierten en alucinaciones, engaños de la vista o trampantojos, cual si fueran un escenario preparado para nosotros, seres también alucinados por la historia interminable del horror.